Desde nuestra marginalidad en el sur global asistimos a una nueva Guerra Fría entre dos potencias tecnológicas: Estados Unidos y China. No es un enfrentamiento entre capitalismo y comunismo para conquistar tierras y colectividades, como suponen los ideólogos trasnochados. Estamos en otro escenario histórico donde ambas potencias actúan en un mismo ordenamiento económico: un particular capitalismo de Estado (ya sabes, no importa el color del gato) que reúne gobiernos con actores privados.
Ambos imperios han reconocido que la IA será clave en la configuración del futuro económico, militar y geopolítico. Se invierten grandes cantidades de dinero y recursos en el desarrollo y la implementación de tecnologías de IA para ganar ventaja estratégica. Silicon Valley tuvo avances con ese objetivo. Pero el gobierno estadounidense no tenía una fuerte relación con las BigTechs como lo hace China hace décadas. Recién abrió sus puertas a los megamillonarios que festejaron el juramento del segundo mandato de Trump con Elon Musk a la cabeza.
En esta guerra, China tiene dos ventajas sobre Silicon Valley: gracias a una educación superlativa tiene nuevas generaciones de brillantes científicos y tecnólogos; y, sobre todo, tiene una capacidad instalada de energía eléctrica (con hidroeléctricas, centrales nucleares, eólicas etc.) que garantiza cubrir el consumo salvaje de electricidad de las instalaciones de IA. En respuesta, Trump lanzó el programa Stargate con el escandaloso presupuesto de 500.000 millones de dólares, una cifra que puede paliar el hambre de la humanidad. Pero, esa misma semana, un joven emprendedor chino de 40 años, Liang Wenfeng, amargó la fiesta republicana lanzando al mercado DeepSeek v3, un modelo de larga escala, de código abierto, más eficiente y de menor inversión que ChatGPT, logrando tumbar mercados y bolsas en occidente.
La competencia entre Estados Unidos y China no es solo la lucha por un liderazgo tecnológico. Se batalla por el control de la próxima fase de la economía global y la geopolítica de territorios digitales, esos sitios insondables a los que te internas desde tu celular en todo momento.
En esta Guerra Fría del siglo XXI, una sociedad tan marginal como la nuestra, que se pelea eternamente por el control de un Estado desestructurado, y que se presenta al mundo contemporáneo con un elemental pensamiento binario, es presa fácil. Los imperios globales nos ven y tratan como criaturitas corruptibles, y solo les interesa una materia prima necesaria para el nuevo armamento llamado IA: el litio. A esos imperios no les interesa el futuro de 11 millones de seres humanos. Somos nomás una cifra despreciable en el contexto geopolítico actual.
(*) Carlos Villagómez es arquitecto