La coreografía de un petirrojo evitando la lluvia, después de una detenida observación, fue tomada como referencia para una danza como parte de un ballet cuya temática era el agua. Todas las formas del agua. Se necesitaron doce bailarines y catorce bailarinas para lograr la perfección. Casi. La casi perfección. La danza, esta precisa, denominada “el ascenso de la humedad”, duró un suspiro largo, de un dragón. Llevó al audio espectador a un estado extático, explosivo, efímero. Vital.
El agua en todas sus formas, incluso en su estado sólido, refieren a la vida. Personas con mucho poder económico suelen pensar en congelar su cuerpo para volver a la vida quién sabe, unos cientos de años después, cuando los relojes hayan sido remplazados por diminutos sistemas planetarios girando alrededor de la muñeca izquierda, preferiblemente, de humanoides y de humanos paseando por la rambla más concurrida del mayor desierto del planeta café. Otrora azul.
Para descubrir vida en otros planetas, multimillonarios y científicos buscan agua en otros planetas, con la misma premura con la que se termina el agua, dulce, en la tierra. Cuando por fin se descubra agua corriente y dulce en un lejano planeta, se estará librando aquí, la guerra extendida por el elemento. De bañarse, ni hablar. De fabricar gaseosas para quitar la sed, con cientos de litros para una botella de 350 mm, tampoco. En los carnavales de algunas ciudades andinas, se estará lanzando globos con humo, globos de ensayo, globos con gasolina Premium.
En los carnavales florecen las primeras plantas, de la papa, del haba, de la arveja. Es el tiempo de las lluvias. El jallupacha. Tiempo de anata. Las aguas llevan fecundidad, contienen fertilidad. Son la vida misma. Se celebra alrededor del florecimiento, de las primeras flores. En las celebraciones hay melodías traídas desde los sirinos, para ello, tocadas con instrumentos construidos para esas melodías y no otras. Se baila alrededor, se liba, se honra a la vida. Cierto día, o cierta noche tormentosa, en medio del mar, Ulises pidió ser atado al mástil de la embarcación para evitar acudir al llamado de las sirenas, en forma de cantos inimaginables que seguramente le causarían la muerte o una desaparición sin remedio. Las sirenas, entrando y saliendo del agua, cantaban, no bebían. Quizás una extraña deducción por demás distorsionada hizo que algún español saque de aquella visión, la idea de que los peces en el agua beben y beben y no dejan de beber. Podemos sumar esa interpretación a una de las mayores estupideces de la humanidad contemporánea. Si así fuera.
Las gentes somos agua envuelta en una cubierta de piel, sostenidos por una estructura ósea. Agua circulando, agua que se transforma, aguas que se comparten, aguas que se manifiestan. El deseo es líquido, como los humores. También cambia de opinión, de lugar, de día, de corbata, de tanga, de ciudad. De estado mojado a estado seco. La muerte seca. Cuando una planta se muerte, se dice que ésta se ha secado. También se seca la tierra y las personas en sus penúltimas horas. Se secan los grifos, los lechos del río, se seca el mar muerto.
El aroma de las primeras gotas sobre la tierra seca puede ser el aroma de cómo empieza la vida, cualquiera. También el sonido que produce, cada gota, sobre la tierra seca, formando un cráter diminuto parecido al enorme que, en el ahora México, es el testigo silente del fin de una era larga, vital, inhumana. Las olas golpeando un acantilado, la lluvia sobre las calaminas, sobre las hojas de un bosque seco, sobre un ataúd llevado lentamente en medio de una ciudad indolente. Las lágrimas, agua salada, que caen desde los ojos de Marina, la madre doliente. Vida.[ Óscar García]