Las 11:11 en el dispositivo, un rayo de sol colándose por una grieta que ha quedado en la pared después del último movimiento telúrico en el pueblo. Esa luz que ingresa, le da a una brevedad de la cadera de la muchacha que ya no está en la casa. Estuvo hasta hace unos años, deambulando con una chompa de lana, grande, tarareando una antigua canción recogida y guardada por Lorca en una libreta cocida a mano. La cadera iluminada suelta un aroma parecido al comino en medio de una red de sabores mesoamericanos. Todo alrededor se puebla de sensaciones que evocan, a su vez, muchos momentos de unas vidas llevadas a punta de tropiezos y de levantamientos, de afirmaciones y de necesarias restauraciones. Ahí, en alguna parte de la memoria, las antiguas sacerdotisas diciendo al rey lo que el rey no quiere escuchar por lo que entiende mal y toma la decisión equivocada. Más allá, en la memoria corta, un defensor impecable de los hacedores de la ruina de unas patrias desbancadas revisa el pasado para justificar los latrocinios más atroces. Va atrás, pero no tanto, atrás hasta donde conviene, no tan atrás como hasta un Bolívar con ínfulas de emperador francés. No tanto, un poco atrás, hasta donde el cuento no haga ruido. Estallan entonces, provocando una reacción en cadena, todas las posibles combinaciones de la lluvia cayendo sobre superficies diversas. Lluvia sobre calamina, sobre hierba, sobre piedra, sobre cientos de chiwiñas, sobre la piel de Claudia Cardinale, sobre el tambor de hojalata, sobre la cúpula siniestra de Chernobyl, sobre las palabras congeladas en Islandia. En la memoria profunda aparecen y desaparecen como si de una muestra de diapositivas se tratase, las ruinas de imperios pretendidos como inmortales. Unos muros minoicos, las huellas de Ishtar descalza en el desierto del lago más seco del África ardiente, extraviada, sedienta, ansiosita. El castillo destechado, desprotegido, desmantelado, desorbitado, desangrado, de Vlad Tepes, abierto a la selfie matutina como abierta está la madre del cordero en el seno de Moncloa. El coliseo romano desprovisto de bestias, de esclavos, de pan, de piso firme, de colores y mundo circundante. Las manchas de suero humano en las gradas de la pirámide más alta de la Riviera Maya, que se ven solamente cuando se va en descenso. Al ascender, se puede ver a Ixtab (diosa del suicidio) acompañando a una joven que ha perdido toda esperanza al haber sabido que la vida le deparaba aún más vida. Las ruinas desfilando, las ruinas testigos de lo efímero de las palabras para y siempre.
En alguna parte de la memoria de la casa agrietada pasean de la mano el señor Amadeo y la señora Estefanía, cada quien a su vez, señor y señora de otra señora y de otro señor. Pasean de la mano y se dicen fragmentos de poemas de Rilke traducidos al arameo. Ninguno de los dos habla arameo ni lo entiende por lo que los fragmentos se vuelven juegos sonoros rítmicos asignificantes, como la música misma. Eso los divierte, divertirse los enamora, enamorarse los hace cómplices, la complicidad los hace una sola cosa, otro caso en el que, aparte del sonido, la suma de uno más uno, da uno. Y se esfuman, como tantas cosas en esa habitación memorable que está, sin duda alguna, respirando.
Como siguiendo el movimiento de la luz que penetra por la grieta, como sigue la cámara de Tarkovski al perro entre las aguas grises, una delgada línea de agua baja desde el techo, por la pared, en silencio. Es que pareciera que al recordar, esa casa, al interior, estuviera llorando.
Óscar García es compositor y escritor.