El próximo 14 de abril será recibido en la Casa Blanca, en visita oficial, Nayib Bukele, quien, a sus 43 años, ejerce la presidencia de El Salvador reelegido desde 2019, con un récord de popularidad vecino al 90%, no obstante, su estilo autocrático y su soslayo a la Constitución. Hijo de inmigrantes palestinos, es heredero de una cuantiosa fortuna labrada laboriosamente en variadas aventuras comerciales. Inicialmente, militante del movimiento izquierdista Farabundo Martí, evolucionó hasta construir su propio instrumento político que lo llevó a la cima del poder.
El Salvador, el Pulgarcito de las Américas, en sus 21.041 kilómetros cuadrados albergaba hasta 2018 las tenebrosas maras o pandillas criminales que extorsionaban, violaban, robaban y asesinaban a centenas de salvadoreños cada día, sin que la fuerza pública pudiera controlar esos desmanes, hasta que asumió la primera magistratura el joven Bukele e instauró de inmediato un innovativo sistema de represión a la criminalidad que rebasaba los escrúpulos de los derechos humanos y atrapaba a los malhechores sin mucho apego al debido proceso. La cantidad de presos sumó tal número que las cárceles existentes no daban cabida y es entonces que fue necesario construir rápidamente aquella megaprisión que se plasmó en realidad dando origen al actual Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot), que hoy es modelo admirado alrededor del mundo, tanto que en su primera semana como secretario de Estado, Marco Rubio llegó a San Salvador para proponer un exótico convenio a Bukele: el traslado de centenas de criminales capturados en Estados Unidos para ser encerrados en el Cecot a cambio de un pago inicial de 6 millones de dólares. De esta manera, el pasado 15 de marzo fueron allí deportados 238 venezolanos supuestamente integrantes de la pandilla el “Tren de Aragua”. Grave destino que ni esos avezados asesinos hubiesen imaginado.
El Cecot, levantado sobre un terreno de 1,6 km2, en la región de Tecoluca, consta de ocho edificios de 6.000 m2, que contiene 32 células, cada cual de un centenar de metros cuadrados donde caben 80 camas metálicas superpuestas, sin colchones, además de dos lavabos y dos inodoros. En todo el conglomerado se comenzó alojando a 40.000 internos que ahora suman unos 100.000, vigilados por 600 guardias militares enmascarados.
Una vez adentro, carentes de teléfonos y de televisión, los presos deben despedirse del mundo circundante, pues no tienen derecho a recibir ningún familiar o amistades, ni siquiera abogados, puesto que jamás serán sometidos a juicio. A su ingreso al Cecot, son rapados a cráneo pelado, teniendo por única vestimenta un calzón blanco, largo hasta el peroné.
La rutina diaria comienza a las seis de la mañana, cuando salen de sus células uno a uno, para ser prolijamente revisados incluyendo la cavidad bucal hasta que el cancerbero grita “nada, el siguiente”.
Se dice que se les asigna trabajos rutinarios, sin revelar cuáles por motivos de seguridad.
Las fotos que se han filtrado denotan hombres desnudos, plenos de tatuajes simbólicos de su pertenencia a las pandillas mayormente del “Tren de Aragua” y la MS13-Salvatrucha.
Todo ese estilo estricto cautivó al presidente Donald Trump, quien no ahorra elogios para su homologo salvadoreño y a quien lo recibirá con magnos laureles en la Oficina Oval.
*Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia