Mandaron a desenterrar al cura, el reciente Papa, fallecido. Lo mandaron a vestir con sus mejores galas, habiéndolo hecho sentar en la silla papal, delante de un montón de curas repartidos entre jueces, admiradores del muerto y detractores, del muerto. La imagen, vista desde la óptica de Caravaggio, era perfecta. Una luz se filtraba por una ventana, para dar de costado al cadáver, alumbrando parte de la calavera, todavía con algo de piel y parte del hombro derecho, cubierto con todo lujo. El olor no pudo ser otra cosa que peculiar, peculiar y fuerte. Peculiar e insoportable. En ese sínodo, en el año 897, hubo una venganza política. Formoso, un obispo excomulgado, fue elegido Papa a rajatabla, luego muerto, luego sentado como acusado. Es que el poder es un anillo, una corona, una silla con doscientas espadas, una medalla extraviada entre las enaguas de un foco rojo y las virtudes desaparecidas de Molli Flanders. El poder es también una palabra prohibida, una escalera semántica prohibida. Es una voz silenciada a gritos, es un micrófono con financiamiento a iniciativas sin fines de lucro, pero envueltas con impecable justicia humana, de doctrinas varias a colgarse en el pecho como si fueran condecoraciones invisibles de una nueva secta con delirios militares. El poder está en el miedo. En los murales de Bonampac, en los sacrificios pintados en los dormitorios a los que familias cansadas llegaban a dormir para descubrir, con la luz de pequeños mecheros, que un sacerdote sacaba el corazón latiente, con un cuchillo de pedernal, a un ganador del juego de la pelota, con un notable fondo, bello, luminoso, azul maya.
El emperador del imperio romano, Arnulfo, en Roma, se molestó por el nombramiento del Papa Formosa. Lo presionó para que renuncie, le hizo un juicio (aunque pudo ser el Papa Esteban quien hizo el juicio), pero perdió. El Papa Formoso murió al poco tiempo, Arnulfo Lo mandó a desenterrar, le cortaron los dedos. Formoso, como obispo de Oporto, cerca de Roma, nombró, en algo como 25 años, a varios obispos sin la autorización del Papa. Acusados luego de simonía, acto de vender favores bendiciones y favores divinos. Arnulfo, en el segundo juicio, al Papa desenterrado, ganó en todo. Mandó entonces a arrojar los despojos de Formoso al río.
Por el poder, vale toda acción grotesca, indigna, inmoral, desleal, aduladora, criminal, ridícula, extrapolada. Toda acción que afirme en la niebla, que el fin justifica los medios, que aunque no figure de tal manera en el Príncipe, se considera una paráfrasis de un pensamiento que lo afirme. Que por el poder, todo es posible, y justificable. Puesto que al fin, la historia de la humanidad es, fue y será, un juego inmanente de poderes. En las relaciones más íntimas y en las relaciones de gobernantes con gobernados. De camareras con clientes, de las humedades con el instinto. De los precios que se deberán pagar por tecnología de última generación frente a usuarios obligados a la precariedad de la gratuidad.
Sin lugar a dudas y con múltiples asignaturas y siglos en su haber, la manzana, tiene el poder.
(*) Óscar García es compositor y escritor