Es el penúltimo día de noviembre. Esta tarde, el padre Adrián nos imparte charlas sobre la monstruosa deuda externa que los países pobres habían estado pagando. Los países árabes exportadores del petróleo obtuvieron fabulosas ganancias en la década de 1970, dice. Los petrodólares, ingresos en dólares convertidos en reservas de divisas, habían terminado depositados en los bancos estadounidenses. Dicho dinero nos habíamos, los presidentes, prestado los países pobres para salir de nuestro infortunio subdesarrollo tercermundista.
En este cursillo de catequistas de Cotagaita, Potosí, soy el único menor, todavía escolar. De estos temas, con una didáctica bien entendible, el padre Adrián nos enseña todo el día.
El “padrecito” es de tez blanca, canoso con rala cabellera, con arrugas en el rostro y es de estatura mediana. Camina en la sala con la vista al piso como reflexionando y con su leve joroba consolida su rasgo de sabio enseñando. Nos dice que es párroco en Vilacaya, Potosí. Fuma en la sala mientras toma su café. Va y viene rebotando en las manos a sus tizas de color y se arremanga la camisa a cada momento. Golpea a la mesa indignado e impotente. Polemiza mientras nos relata los nefastos episodios y experiencias entreguistas de los gobiernos militares latinoamericanos a los poderosos gobiernos estadounidenses. Los reprocha por esos actos obedientes que los caracterizó. Bravos para masacrar a su pueblo, pero sumisos ante los estadounidenses, les dice.
El padre nos insiste si estamos logrando entenderle y pide que hagamos preguntas. Cada uno portamos unos policopiados en hojas bond oficio a variados colores para cada tema. Estas láminas tienen gráficos, dibujos y caricaturas con párrafos cortos manuscritos y mecanografiados. Lo tenemos a los policopiados como objetos valiosos sobre nuestros pupitres y seguimos al ritmo de su exposición altamente informativa. En el recreo alguien comenta; estos temas ni en la universidad se deben estar enseñando.
Al cien por cien no estamos en un cursillo religioso, sino político, formativo. El padre Adrián subvierte nuestras conciencias, nos levanta ánimos, nos despierta indignación, nos pide ser líderes de la Iglesia en nuestras comunidades.
Hace una semana finalizó las clases; el próximo año ingresaré a primer intermedio. El resto de catequistas ni había acabado la primaria. Los chicos de la rinconada de la capilla, en época de lluvias y mientras no era época escolar, nos zafábamos de nuestros padres para ir a jugar con pelota en el patio de la iglesia. Pateábamos con ojotas a la pelota plástica que con el sol era más confortable para el puntapié. Mi padre se alegró cuando mi tío me había pedido asistir al cursillo en la capital de provincia. Vaya, aproveche, me dijo.
Años después, estudiando en la universidad, constaté que los policopiados habían sido extraídos del libro Análisis crítico de la realidad, escrito por el padre Gregorio Iriarte. Iriarte había sido un comprometido con las luchas mineras. Soy entonces formado por aquella generación de curas. Ellos arriesgaban sus vidas apoyando abiertamente o clandestinamente a los mineros y campesinos con su método: ver, juzgar y actuar. Este método quizá haya sido el más subversor que el panfleteado método marxista, socialista y comunista. Ver implicaba mirar qué estaba ocurriendo. Juzgar consistía en identificar por qué estaban ocurriendo las cosas y quiénes eran sus protagonistas. Y actuar significaba tomar acciones. Pena que aquellos curas que abanderaron este método ya no estén en vida y, si aún quedan, ya no se los ve.
Entonces, no era nada raro ver al padre Adrián ingresar a la sala de catequistas de la casa parroquial vestido de un poncho para celebrar la misa del último día de cursillos y último día de noviembre. Son las 07.00, él había prescindido de la banda blanca colgada del cuello y de otras prendas litúrgicas. Los catequistas, en mesas largas, habíamos desayunado un café con leche y su sándwich hace minutos. En la celebración, cuatro de nosotros se presentan en la ofrenda con semillas de maíz, con una pala y una porción de tierra. Ello simbolizaba el esfuerzo del campesino ante un Jesús líder de los pobres. ¡Esta misa es singular!
Con la muerte del papa Francisco me interesé en los reportajes sobre su vida. Francisco había sido parte de la generación de sacerdotes como el padre Adrián, Gregorio Iriarte, Julio Terrazas y otros tantos que dedicaron su servicio a los pobres del mundo. El más conocido vaticanista, Marco Politi, en ocasión de la elección del nuevo Papa, dijo que Francisco había ocasionado una guerra civil interna que disgustó al grupo ultraconservador de la Iglesia Católica. ¡Francisco estarás siempre en el corazón de los pobres!
*Es sociólogo, docente de la UPEA