Tony Schwartz, un reconocido periodista y escritor estadounidense, fue el primero en afirmar, con conocimiento de causa, que Donald Trump es un enfermo mental con rasgos psicóticos que hacen de él un peligro, no sólo para su país, sino para la humanidad. Fue él quien escribió en 1987 el famoso libro de Trump “El arte de la negociación”, un texto basado en entrevistas con el Presidente norteamericano, con quien convivió lo suficiente como para darse cuenta de sus trastornos.
Guardó silencio durante 36 años, pero el 15 de octubre de 2024, Schwartz decidió contar todo en un ensayo que tituló “Yo fui el escritor fantasma de Trump”, en el que dice que su trabajo comenzó con una indagación sobre la difícil infancia del magnate y su influencia en su personalidad adulta. “La primera lección es que carecer de conciencia puede ser una gran ventaja a la hora de acumular poder, atención y riqueza… la segunda es que nada de lo que obtenemos del mundo exterior puede sustituir aquello que nos falta en nuestro interior”, escribió.
Cuenta Schwartz que el joven Trump tuvo dos influencias importantes en su vida: su padre, Fred, y el abogado Michael Cohen: “que lo que tenían en común, y transmitieron a Donald con creces, era su desvergüenza a la hora de ganar y dominar a los demás, costara lo que costara; el fin siempre justificaba los medios… Trump me llamaba casi todas las tardes y me hablaba de algún triunfo que había tenido ese día o de un competidor desventurado al que había derrotado”.
Trump ya había construido su torre en Nueva York y comprado dos hoteles en Atlantic City, y se movía en una limusina y avión privado, pero Schwartz afirma que todo era una pantalla que escondía graves problemas financieros, deudas y quiebras. Era un simulador: “para él mentir era tan normal como respirar, incluso para sus propias memorias, y sin un atisbo de remordimiento… de Cohen aprendió tres lecciones de vida: atacar, atacar, atacar; no admitir nada y negarlo todo; adjudicarse la victoria sin admitir nunca la derrota”. Cohen, a quien Trump consideraba su segundo padre, enfermó de SIDA y murió en soledad y abandono. Schwartz habló con él y le preguntó por qué Donald se había alejado y no lo había visitado ni una sola vez. Cohen le contestó: “Donald mea agua helada”.
Schwartz cuenta otras cosas, pero al final, dice: “me inquieta profundamente la cantidad de comportamientos asociados a la psicopatía de Trump. Hay siete características asociadas al trastorno antisocial de la personalidad: engaño, impulsividad, incumplimiento de las normas sociales, agresividad, desprecio temerario por la seguridad de uno mismo o de los demás, irresponsabilidad constante y falta de remordimiento. He observado las siete características en Trump a lo largo de los años, y las he visto empeorar progresivamente”.
Días después, el 26 de octubre, 230 psiquiatras pertenecientes a la organización “Anti-Psychopath PAC” publicaron un desplegado en el diario The New York Times, en el que confirmaron lo dicho por el periodista: que Trump tiene “síntomas de trastorno grave e intratable de la personalidad” y que padece de un “narcisismo maligno”, que lo hace “engañoso, destructivo y peligroso”. En un diagnóstico colectivo basado en el Manual Diagnóstico y Estadístico (DSM) de la Asociación Americana de Psiquiatría, afirman que su enfermedad se combina con un trastorno de personalidad antisocial, paranoia y un “intenso sadismo”.
Feggy Ostrosky, es una neuropsicóloga mexicana que escribió en 2007 un libro titulado “Mentes asesinas” (Ed. Quinto Sol, México) en el que sostiene que a los psicópatas se les conoce también como “humanos sin alma” y que por esta característica “tienen un carácter terriblemente predador: ven a los demás como presas emocionales, físicas y económicas”. Y que son, además, egocéntricos, mentirosos patológicos, manipuladores, promiscuos sexuales, con actividad criminal variada y, sobre todo, faltos de remordimiento y culpa. Donald Trump es un delincuente convicto sentenciado a cárcel por 34 delitos, entre fraudes al fisco, sobornos y violaciones sexuales, que nunca compurgó por sus maniobras en contra de jueces y tribunales. Haga usted un recuento de todo lo que está haciendo, súmele su patrocinio al genocidio en Palestina, y pregúntese ¿esperábamos algo distinto de un psicópata?
(*) Javier Bustillos Zamorano es periodista