I. Dan vueltas, vueltas. Se espantan, arman revuelo. Vuelan. Pero vuelven. De pronto, se quedan quietas, apenas mueven la cabeza y hacen un sonido parecido a una sirena de barco, breve, como si viniera de lejos. Eran cada vez más. No se podía pasar por el centro ni por el costado. Se podía tropezar y rodar la grada y claro, romperse algún hueso, importante o no. Al borde de la grada, abajo, con peor suerte, era posible que por susto o por alguna inexplicable paranoia, un guardia del palacio hiciera su aparición y procediera a la encarcelación con o sin motivo. Nunca hizo falta. Peor o con parecida mala suerte, podía haber sido posible que salga un cura de la catedral, con el balde que usa en alasitas, para vaciarlo en el hueso roto, con el afán de sanarlo.
Eran más. Ahora no se sabe porque se juntaban cuando se juntaban las gentes mayores con otras gentes mayores a hablar macanas importantes y con una bolsa de maíz amarillo para alimentarlas. Pero como las personas mayores están mermando o están guardadas ocupándose de cualquier otra cosa que consiste en más o menos hacer estadísticas de otras personas muertas por aquí, por allá, por acullá, ya no pueden ocuparse de caminar con pasos lentos a la plaza, buscar el mejor banco al que le da el sol casi invernal, esperar alguien con quién quejarse y por último, empezar el ritual ése de lanzar maíz amarillo para que las palomas coman.
Ya se sabrá si han disminuido o por algún motivo ajeno a la lógica, se han multiplicado. Es raro, a veces el hambre multiplica a los seres. Cómo será ahí, en la plaza principal, la de las palomas y los presidentes. Si algo tienen en común, presidentes y palomas, es que en ambos casos, la gente, la que pasa por la plaza y la que a lo mejor nunca la pise, les da de comer.
II.
Si algo hay que en los días de la ciudad vaciada de personas allá en el cercano 2020 se festejó no como una falta si no como una sobra que dejó de estar, son los desfiles. Especialmente el que terminaba en la Plaza Abaroa a todo volumen, con una señora al micrófono, vociferando descripciones épicas de cada grupo al pasar por la tarima principal. Destacando a veces la indumentaria, a veces la gracia de las guaripoleras o el patriotismo sin parangón de Yelow submarine interpretada por una banda de zampoñas discretamente desafinadas para el fin. Sin embargo y con la misma emoción de haberse asistido sin asistir ese marzo de agua salada a la inasistencia del desfile, se extrañó al heladero, cuya mayor habilidad es la de aparecer de pronto en cualquier calle a cualquier hora, munido de su cajón y de su corneta. En cualquier pueblo, en lo alto de un cerro de Pucarani, en medio del museo del Louvre. Se dice que detrás de Amstrong, cuando el humano dio un pequeño paso y un enorme salto para la humanidad, fuera de cámara, estaba un heladero, el que no puede jubilarse.
III.
Allá en la esquina había una canasta abandonada a su suerte, hace tiempo, serán tres años o más. Años en los que a nadie le importaba si una canasta estuviera abandona u olvidada porque había cosas importantes en qué pensar y había alguien esperando ya sea en una casa, ya sea en una heladería, ya sea en la puerta de una tienda que todavía no usaba nylon en la apertura, que por cierto no es un verbo, y los perros amables podían entrar y salir a regalado gusto porque la dueña, cariñosa como ella sola, les daba un pedazo de sarnita ya sea que tengan hambre o no. Había para pan y había poco tiempo para pensar en el tiempo. Había cosas que hacer al día siguiente para seguir viviendo un día más y había que apurarse porque esa esquina de la canasta era lejos. En la canasta habrá habido quizás huevos o lanas o un gato, difícil saberlo. La gente abandona cosas sin información y abandona a personas para agarrarse de otras personas, por lo general. En lugar de la canasta ahora hay un contenedor de basura y adentro del contenedor, una canasta solitaria.
(*) Óscar García es compositor y escritor