En tiempos en los que en Roma no había ley alguna, en el siglo V a.c., seguramente la sociedad entera se movía en torno a pensamientos de sentido común en relación a lo que está mal y lo que está bien, Suponían que matar no estaba del todo bien y que podía tener alguna consecuencia. O robar, o faltar al respeto a algún ser con poder, o a la mujer de algún ser con poder. Pero no a personas esclavas. Se heredaba hasta a los hijos de las esclavas. El ser en el vientre, era, de hecho, propiedad de quien poseyera una esclava embarazada. Algo tuvo que ocurrir, en el pensamiento colectivo, que llevara a Roma a intentar instituir leyes, para la mejor convivencia como sociedad. Se anoticiaron que, además de robar dioses y un panteón completo, podrían también hacerse de leyes y de normas para vivir mejor, en Grecia, en Atenas en particular, tenían un largo trayecto en cuanto a leyes se refiere. Y mandaron a un grupo a hacerse de esas leyes. Al cabo de un tiempo, se instaló en Roma un grupo en el poder, para instaurar las leyes, redactarlas primero, escribir las normativas y más. Tarea que en principio tomaría un año, se alargó uno más, aduciendo faltas y otros trucos, para permanecer en el poder, que parece ser una suerte de atrapa sueños infalible, un atrapa moscas perfecto. En medio de esos hechos, uno de los poderosos decenviros (así se los llamaba a los del grupo de poderosos a cargo del Estado, con el propósito de legalizarlo), se antojó de Virginia, una niña cuyo padre era un legionario trabajando lejos de Roma, de nombre Lucio Virginio. El antojadizo, Apio Claudio, se obsesionó con la plebeya y quiso hacerse de ella de hecho. Sin más ni más. Traedla a mi lado. La agarran, y me la guardan en casa. No tiene madre y su padre quién sabe, así que la sujetan y la llevan a mis aposentos. En fin, quién sabe qué otra clase de instrucciones parecidas y tajantes. Virginia se negó, se asustó, se escondió. Ante la evidente negativa, Apio Claudio encargó a un cliente rastrero de nombre Marco Claudio, que inventara propiedad sobre Virginia, argumentando que era hija de una esclava suya, por lo que le pertenecería. El juicio fue rápido, de lo más eficiente y contundente, dado que el magistrado encargado de la sentencia era nada más ni nada menos que el propio Apio Claudio, el poderoso miembro de la comisión decenviral, antojado, obseso por Virginia, la doncella plebeya. Así que ganó el juicio inventado por él mismo y se hizo de Virginia.
El padre de Virginia, anoticiado de los acontecimientos, viajó como pudo a Roma, a pie, en caballo, en la velocidad de la ira, en las ruedas del amor por la hija pronta a ser cautiva, con el viento en contra y el dolor a su favor. Con las ganas infinitas de salvar el cuerpo y el alma de una ñina en manos del poder despiadado y afianzado de un hombre que llegó a poner ley y se atrincó para gozar del trono en un reino asaltado con pretextos harto conocidos en la historia contemporánea en países todavía precarios, en cuanto a ley y al cumplimiento de ésta. Sesgada, distorsionada, secuestrada, al servicio de las gentes y de las partes íntimas de las gentes, instaladas en los falacios de las plazas principales.
Llegado a Roma, el padre, Lucio Virginio, pide al poderoso despedirse de Virginia y darle un abrazo. La lleva por la calle, abrazada. Pasa por una carnicería, toma un cuchillo, le susurra al oído, “es lo mejor que puedo hacer por ti, es lo que sé”, y la mata.
El pueblo se levanta.
(*) Óscar García es compositor y escritor