La clase media estadounidense atraviesa un momento de desencanto. Los buenos indicadores macroeconómicos no logran convencer a las familias, que sienten que su vida diaria es cada vez más costosa e incierta.
El Wall Street Journal lo resumió en un artículo reciente con un título revelador: “El ambiente de clase media ha cambiado de seguro a estrecho” (The middle-class vibe has shifted from secure to squeezed). El artículo refleja las expectativas y el estado de ánimo de hogares estadounidenses con ingresos anuales entre 50.000 y 100.000 dólares, un rango que en la realidad norteamericana corresponde a la clase media-media y media-baja.
El estudio en el que se apoya muestra que solo uno de cada cuatro hogares cree que su situación económica mejorará. El 75% restante no confía en que sus hijos tendrán un futuro mejor y da por perdido el “sueño americano”.
La confianza del consumidor está en su punto más bajo en 15 años. Para estas familias, los indicadores económicos no reflejan la realidad. Ven que las grandes empresas sí se benefician, pero su propio bolsillo sigue ajustado.
La inflación es un golpe constante. Aunque pasó del 9,1% al 2,9% durante el gobierno de Biden, la pérdida de poder adquisitivo fue evidente. Incluso actividades sencillas, como comer en un restaurante de comida rápida, se han vuelto un lujo. En la última década, los precios aumentaron un 100% en McDonald’s, 81% en Taco Bell y 80% en Burger King.
A la presión del costo de vida se suma el miedo a perder el empleo. Cada vez que las utilidades empresariales se reducen, la respuesta suele ser recortar personal. Según la Asociación Americana de Psicología, en 2025 más de la mitad de los trabajadores reportó un aumento en sus niveles de estrés debido a la inseguridad laboral. No se trata solo de la posibilidad de perder el empleo, sino también del temor a no poder sostener el ritmo de gastos básicos —vivienda, salud, educación o alimentación— en un contexto de precios elevados.
Un 39% de los encuestados atribuye además los despidos a cambios en las políticas gubernamentales, lo que refleja una creciente desconfianza hacia las decisiones del Estado y su impacto directo en la vida cotidiana. Esta combinación de incertidumbre económica y frustración política alimenta un clima social marcado por la ansiedad y la percepción de que el sistema ya no ofrece la estabilidad que antes caracterizaba a la clase media.
El mercado laboral también da señales de tensión. En agosto, la tasa de desempleo subió a 4,3%, frente al 4,1% registrado en junio. Aunque el incremento parece pequeño, para los trabajadores significa un síntoma claro de fragilidad: cada décima refleja miles de empleos perdidos o no creados.
Además, la incertidumbre pesa más que la cifra en sí, pues detrás de los despidos suelen estar las presiones corporativas por recortar costos y mantener la rentabilidad de las empresas. Para la clase media, esto se traduce en un temor constante a perder el sustento y en una percepción de inestabilidad que mina la confianza en el futuro.
La conclusión es clara: la clase media de Estados Unidos se siente atrapada entre precios altos, incertidumbre laboral y desconfianza hacia las políticas económicas. Tras más de una década de crisis recurrentes, el pesimismo se ha instalado en el corazón de la sociedad que alguna vez creyó firmemente en la movilidad social. Hoy, más que esperanza, predomina la duda.
(*) Jaime Jordán Costantini es doctor en Economía y docente universitario