En el altiplano seco y árido del municipio de Iruitu se alzaron las voces de los pueblos originarios, los guardianes ancestrales del Titicaca. El fin de semana pasado, más de ochenta representantes de la nación Qhas Qut Zuñi Uru —conocidos como la Gente del Agua— se reunieron en un encuentro tan significativo como urgente. Provenientes de Puñaca Tinta María, Villa Ñique, Chipaya, Muratu, Chiaña y de las islas flotantes de Ch’ulluni Puno, los urus, entre otras comunidades de Perú y Bolivia, evaluaron lo acontecido en las últimas dos décadas. La conclusión fue contundente: la emergencia ambiental no espera más.
Este tercer encuentro, un acto de resiliencia en sí mismo, estuvo liderado notablemente por las mujeres de estas comunidades. Durante cuatro meses, sortearon obstáculos que reflejan dramas mayores: el intento de boicot por estructuras patriarcales, los bloqueos de caminos y la tensión social preelectoral fueron superados para lograr congregarse, en un primer acto de firmeza de unos pueblos decididos a ser escuchados.
Bajo un cielo celeste y en una tierra árida, lejos ya de las orillas que fueron su hogar, la asamblea realizó un diagnóstico lúcido y alarmante. Con total firmeza, denunciaron el “dolor” que causa la actividad minera, una herida abierta que seca, desvía y contamina los ríos que alimentan el lago sagrado. Su declaración de “estado de emergencia” no es otra cosa que un grito frente a la inacción de los Estados de Bolivia y Perú para detener y sancionar a los depredadores. Como afirmó un delegado de la mesa de Qutamama (Madre Agua), se trata de un recurso que “no es solo para nosotros, sino de la humanidad”.
Frente a la parálisis estatal, la respuesta de los Qhas Qut Zuñi Uru es proactiva y visionaria. No se limitan a la protesta; construyen propuestas. Se autodeclaran guardianes oficiales del lago Titicaca, ríos y medio ambiente, y plantean la creación de un comité binacional para dar seguimiento a sus decisiones. Ante la existencia de leyes ambientales que nadie hace cumplir, proponen impulsar normativas nacidas de las necesidades reales de los pueblos.
Una de sus iniciativas más emblemáticas es la industrialización de la totora, planta lacustre que es emblema de su cultura y un recurso con enorme potencial ecológico y económico. Además, se proponen trabajar para que la Unesco declare su territorio y su modo de vida como Patrimonio de la Humanidad, una figura que obligaría a ambos gobiernos a actuar con la seriedad que el tema merece.
El apoyo brindado por IWGIA, una organización global de derechos humanos dedicada a promover la defensa de los derechos de los pueblos indígenas con sede en Dinamarca y el acompañamiento del antropólogo Manuel Rojas fue reconocido por la asamblea de los Zuñis.
El encuentro culminó con un ritual del agua, sellando un pacto de unidad que trasciende fronteras e intereses políticos. Un pacto que incluye la lucha por incorporar la educación ambiental en las escuelas de ambos países. Es una lección de coherencia y compromiso que debería avergonzar a más de una autoridad gubernamental.
Mientras los estados se enredan en disputas cortoplacistas, los verdaderos herederos y protectores del Titicaca nos dan una lección de gobernanza y perspectiva. Su lucha no es solo por su supervivencia cultural; es por la integridad de un ecosistema vital para millones. Escuchar a la Gente del Agua no es un acto de solidaridad, es una necesidad de supervivencia colectiva. O aprendemos de ellos, o seremos cómplices de la lenta agonía de nuestro lago sagrado.
Nelson Martínez Espinoza
es comunicador social