Los mensajes racistas publicados en la cuenta personal de X del candidato vicepresidencial de la extrema derecha Libre se exhiben como la novedad en el balotaje. Implícitamente, se abrió un debate electoral con ciertas características éticas hasta románticas, pero no trascienden este límite.
Por el impacto mediático y en las redes sociales, los dos actores del balotaje optaron dos vías: el binomio Tuto/JP Velasco negó religiosamente la veracidad de los mensajes, la otra fracción acusó de racista y discriminador al binomio. El límite de esta disputa es electoral y, aparentemente, no trascenderá la segunda vuelta.
Reducirnos a esta simpleza ética/electoral es la complicidad activa para invisibilizar una realidad que ordena la política, la cultura, la división del trabajo, de género e incluso fragmenta regionalmente al país. El racismo, desde la fundación de la República, es la herencia estructural del colonialismo; es decir, está en el ADN del republicanismo este código civilizatorio occidental.
Por ello, el racismo en nuestro país no puede ni debe ser visto como un elemento emocional y entendido socialmente como discriminación; generalmente, es la forma cómo se aborda y se lo presenta mediáticamente, e implícitamente es asumido como un acto ético y públicamente negativo, pero enmendable con las disculpas públicas, las sonrisas publicitarias y el compromiso de no volver e incurrir en ese “error” social.
La expresión pública del hoy aspirante vicepresidencial de “matar a los collas” no es solo la opinión individual, sino la manifestación de la subjetividad enraizada y naturalizada en ciertos sectores de la sociedad cruceña como la superioridad racial, social y regional.
La naturaleza identitaria de la extrema derecha cruceña no parte por afirmar una noción nacional, sino por reafirmar su sentido de superioridad racial regionalizada. Estos dos ejes son el clivaje por donde circula desde hace varias décadas las motivaciones para el despliegue de manifestaciones multitudinarias que derivaran en actos de violencia, que fueron y son legitimados por la institucionalidad cívica, empresarial, mediática y religiosa.
Es importante también puntualizar la dimensión racial de la expresión, que no está circunscrito al indígena colla como persona, sino a los pueblos y naciones del Qullasuyu. Significa un racismo que tiene la dimensión étnica.
La utilización reiterativa como adjetivo del “centralismo colla”, haciendo referencia al carácter unitario del centralismo estatal, además del que fueron los máximos beneficiarios desde las épocas del nacionalismo civil/militar y del neoliberalismo, pero lo presentan —al centralismo colla/estatal— como condena y factor negativo de la República.
La característica del neocolonialismo es escribir desde el presente la historia, condenando el origen de las naciones, imponiendo sus códigos como verdad y, por lo tanto, como razón.
La razón regionalizada: el modelo cruceño es exitoso al que deben sumarse o ser absorbidos los otros departamentos. Esta afirmación parte por estigmatizar negativamente lo que existe fuera de Santa Cruz y su modelo capitalista occidentalizado, que no solo hacen referencia a las formas capitalistas de reproducción ampliada del capital, sino a una visión opuesta a la plurinacionalidad y al pluralismo político, económico, jurídico, cultural y lingüístico descolonizador constitucional.
El racismo es en sí mismo es el eje transversal que cruza al Estado, a la política, a la economía, a la propiedad, al sistema de creencias; es parte fundamental invisibilizada del orden establecido; por ello, abordar el racismo como factor estructural es negado por las derechas, extremas derechas, por las élites y grupos que poseen la propiedad de la palabra y tienen la posibilidad de imponer narrativas como verdades únicas.
Es imprescindible comprender la dimensión de las expresiones raciales étnicas del candidato vicepresidencial, el acto religioso de defensa del candidato presidencial y de todos los parlamentarios del frente político del vicepresidenciable; estos hechos se manifiestan en la coyuntura electoral, pero están más allá, transcienden las coyunturas.
Es tiempo de asumir al racismo como flagelo de la humanidad; significa ver sus raíces y sus productos; desterrar de nuestra cotidianidad no es un hecho jurídico o político simplemente, es la transformación del Estado, de las formas de producción de la vida de bolivianas, bolivianos, de pueblos y naciones indígena originario campesinas, las comunidades interculturales y afrobolivianas que en su conjunto constituimos el pueblo boliviano.[ César Navarro Miranda]