Vuelvo a citar La Guerra de las Imágenes de Serge Gruzinski por su importancia coyuntural. En el texto se establece una premisa: la conquista de América, fue fundamentalmente un enfrentamiento iconográfico y simbólico en el campo de la batalla cultural. Para Gruzinski, el control del imaginario visual era tan decisivo como el control del territorio, y para subyugar el espíritu indígena era imperativo aniquilar su cosmos visual. Y algo de ello sucedió el 8 de noviembre pasado.
En la posesión del nuevo gobierno, las vestimentas, el protocolo y los objetos puestos sobre el altar parlamentario marcaban una nueva fase de esta guerra simbólica donde se enfrentan las cosmovisiones y narrativas de una sociedad pluricultural. Por ello, ese día, en el corazón del linaje criollo boliviano se visibilizaron nuevos objetos, sagrados y ceremoniales, para el cambio de gobierno. El uso y exhibición de esos símbolos por parte de la nueva élite gubernamental, tenía que reforzar la percepción de su superioridad electoral. Con ello, la aristocracia local (del griego aristokratía «el gobierno de los mejores») tenía que simbolizar que es la «mejor clase » o la más «cualificada» para ejercer el poder, ante la estrepitosa caída del socialismo del siglo XXI. En seis horas, aproximadamente, se televisaron símbolos y alegorías de las nuevas narrativas. La simbología es, en última instancia, una forma de control político: el poder no solo se ejerce, sino que también debe visualizarse para controlar la fe, la política y la memoria histórica. Por lo tanto, la imposición de un nuevo universo visual el pasado 8 de noviembre apuntó a redefinir nuestra cultura visual.
Pero, como en el fondo no somos tan respingados, brotó lo chabacano. Van ejemplos. Uno: presentar en medio del discurso presidencial la “marcha triunfal” de unas cisternas por las rutas del país al son de la cueca Viva mi patria Bolivia, era Fellini en estado de gracia. Dos: en este país, la vestimenta y el color de piel tienen profundo poder simbólico. Vimos corbatas, ternos, vestidos largos y escotes en una pasarela escoltada por una estoica tropa de soldados aymaras bajo una persistente lluvia. Y, en medio de esa moda tan acartonada, un mandatario lució el traje de gala policial –lo castrense tiene efectividad simbólica en la Bolivia profunda– para disentir contra el manoseado poncho del indigenismo político.
El nuevo poder prueba su capacidad para reconfigurar el imaginario popular del campo y las ciudades. Pero, desde un extremo del movimiento pendular de las ideologías, la nueva simbólica desdeñó lo urgente del momento político: mensajes de unidad y concordia.
(*) Carlos Villagómez es arquitecto