Era un tipo, digamos, jovial. Parecía de esa clase de personas que tienen una actitud con la vida, en general, positiva. Tenía buen humor, solía hacer chistes en medio de un velorio, como para romper el dolor, un poco, aunque no se diera cuenta de estar haciendo el ridículo. Era, en cierto sentido, ridículo.
Pero del ridículo que hace cosas con buena intención y las hace casi mal. Casi, porque a veces las hace bien. Pero un día le cambió la vida. En verdad, le cambió la manera de enfrentarse a ella. A muchas personas hay cosas que pasan, o cosas que escuchan, o que ven, que les cambia la vida. A él, en particular, le cambió la vida la noche en que una luz entró por el techo de su casa y lo aspiró. Fue abducido. Al despertar una mañana en una pradera, sin un centavo, sin zapatos ni memoria, caminó hacia donde se veía a lo lejos, la ciudad. Vive desde ese día, en la calle. Como un perro. No tiene memoria, apenas habla, le cuesta pedir para comer. Deambula por las calles. Cuando se cansa, se sienta en una acera, en las gradas de una puerta hasta que lo patean en la espalda para que se mueva. Se asusta, corre, sin rumbo. Va a cruzar la avenida y casi lo atropellan. Hay días peores. Cuando llueve y no tiene dónde guarecerse. Se empapa, no tiene cómo evitarlo. Aprovecha para beber agua, abre su boca apuntando al cielo. A veces toma agua cuando encuentra un bote de plástico atado a un poste. No se sabe en qué momento en verdad, se convirtió en un perro solitario y en la calle. La calle es hostil, implacable, sin remedio. No siente nada, no tiene empatía, ninguna consideración. Trata a los seres que viven en ella, con desprecio. Se trata del descobijo. Nadie que tenga cobijo, un techo, una comida caliente, lo entendería. No se trata de imaginar siquiera. Nadie es capaz de ponerse en la piel de un perro de la calle. Le pasó a él y le cambió la vida. Ahora entiende el valor de los pequeños privilegios que la gente en general, ignora.
Así, sentarse a hacer nada durante 22 minutos, pensando en el porqué de esa insistencia en la inmortalidad del cangrejo. Lanzar una moneda sin motivo alguno esperando que algún momento ocurra esa poco probable opción de que caiga parada. Pasar el dedo por una mermelada de frutilla de hace dos años, probarla y hacer como si se estuviera cometiendo uno de los actos más peligrosos de la última semana. Tender la cama tarareando mal la oda a la alegría de Schiller sin saber quién fue ni porqué importa lo que escribió ni para qué lo escribió. Terminar de tender la cama para que suba, ya sea el perro que tiene casa y comida y collar y cariño y remedios para su barriga y nombre y apellido; ya sea el ánimo o, por último, la bilirrubina. Salir a la tienda a comprar media docena de dulces que son más ácidos que dulces, para jugar con cada uno en la boca mientras se vuelve a casa empujando una pequeña piedra, luego una más grande, que está ahí, en la calle, desde un día en la que apareció un hombre encorvado, peludo, descalzo, errático. Considerado por su apariencia, como peligroso para la zona, para la ciudad, para el mundo, para el Papa, para los marcianos que una noche se lo llevaron a estudiar y terminaron comprendiendo que no había nada que estudiar así que lo devolvieron en un campo extenso, sin una moneda, sin memoria, sin zapatos. Esa piedra, la más grande, le llegó a la cabeza, desde una ventana, y lo mató.
(*) Óscar García es compositor y escritor