Hay algo admirable —y peligrosamente eficaz— en ciertos artículos: su capacidad de convertir números normales en tragedias nacionales. Una especie de alquimia periodística donde un ratio financiero saludable se transforma en “artificio contable” y una operación empresarial en un supuesto “círculo sin frenos”.
Porque claro… cuando no hay corrupción comprobada, se fabrica suspenso.
Y eso es exactamente lo que intenta el artículo titulado:
“Ferrocarriles, granos y pensiones: un círculo de dinero sin frenos”, publicado por El País y amplificado con entusiasmo por eju.tv.
No es un análisis. Es una construcción. Una narrativa cuidadosamente diseñada para que el lector no entienda… pero sospeche.
El artículo en cuestión nos regala una joya: la relación deuda/patrimonio de 0,63. Sí, leyó bien: 0,63, cómodamente por debajo del límite de 1,0. Pero no, eso no sirve. Eso es demasiado aburrido para una narrativa alarmista.
Entonces aparece el truco: “Sin la revalorización, la empresa habría incumplido”. ¡Ah, claro! Y si le quitamos el oxígeno al paciente, también se muere.
La revalorización de activos no es una herejía contable, es una práctica estándar en cualquier empresa seria del mundo. Pero aquí se la presenta como si fuera una estafa con firma notariada. Porque el objetivo no es explicar… es insinuar.
Para quien escribió el artículo, el pecado es financiarse ya que de esa manera lo expresa, o sea, lo ve como escandalo la emisión de pagarés por Bs 7,5 millones.
¿Desde cuándo financiarse es delito?¿Desde cuándo captar recursos institucionales es una conspiración? Ah no… el problema no es el financiamiento. El problema es quién lo hace.
Porque cuando lo hace el Estado, es política pública. Cuando lo hace una empresa eficiente… es sospechoso.
El gran crimen es tener clientes grandes: Gravetal accede a créditos por Bs 60 millones en días consecutivos. Y el artículo lo presenta como si hubieran encontrado la caja negra del sistema financiero mundial.
Pero nadie dice lo obvio: las grandes industrias se financian así. El agro, la exportación, la logística… funcionan con crédito.
Sin crédito no hay producción. Sin producción no hay carga. Sin carga no hay tren. Pero claro… eso arruina el relato. La narrativa del “círculo oscuro”
Aquí viene lo mejor: Ferrocarriles + granos + pensiones = conspiración.
Traducción real: Producción + transporte + financiamiento = economía.
Pero en la lógica del artículo, todo circuito productivo es sospechoso si no pasa por el filtro ideológico correcto. Lo que llaman “círculo sin frenos” es, en realidad, una cadena de valor funcionando.
El verdadero objetivo (y aquí empieza lo interesante) Porque esto no es economía. Esto es política.
Se busca desacreditar la gestión financiera del gobierno. Se intenta generar desconfianza sobre las ferroviarias. Y, sobre todo, se pretende golpear el proyecto de integración ferroviaria que el propio Estado impulsa.
No es casualidad. Cuando Bolivia empieza a hablar de conectar oriente con occidente, de convertirse en eje logístico… aparecen los “expertos del desastre”. Los mismos que durante décadas no hicieron un solo kilómetro de integración… ahora descubren irregularidades en cada riel.
El problema de fondo: el tren sí funciona Y ese es el verdadero pecado. Porque el ferrocarril en Bolivia tiene algo que molesta: es estratégico.
Históricamente, las vías férreas han sido el instrumento para conectar el país con mercados externos y dinamizar su economía. Hoy, ese mismo instrumento vuelve a tomar protagonismo. Y cuando algo empieza a funcionar… aparecen los que viven de que nada funcione.
En pocas palabras, el articulo debería llamarse “el negocio del miedo ajeno” El artículo no prueba corrupción. No demuestra ilegalidad. No evidencia fraude.
Lo que hace es mucho más rentable: instalar duda. Porque en Bolivia, destruir confianza siempre fue más fácil que construir desarrollo.
Pero esta vez hay un problema: los datos no acompañan el relato. Y cuando el relato se queda sin sustento, solo queda el ruido.
Cuando un artículo necesita exagerar para sostenerse, deja de ser periodismo… y pasa a ser instrumento.
[ Por Alberto De Oliva Maya]