El ser y la totalidad. La totalidad de las cosas ínfimas, la de una cabeza de alfiler en el que se ha tallado la ciudad de Potosí en el siglo XVII y dentro de la ciudad a los autores del incidente Potosí, que consistió en la falsificación de monedas que irían a parar al imperio Inglés causando una casi guerra por causa de los primeros delincuentes que, siglos más tarde, retratan a lo que se denomina la viveza criolla. Una forma primorosa de delinquir y que se festeje. Esa, no es la totalidad. Falta.
En el extremo de la cabeza de alfiler, en el extremo inferior, está la punta afilada -como el viento de invierno en las cumbres- en las borrascosas y en las otras menos ficcionales, más ariscas, más desoladas, más detenidas. Esas que marcan un final y un principio. O al revés, según desde dónde se traslade el cuerpo. La punta afilada también tiene un destino, sea un cuerpo rígido, la textura del algodón, la yema del dedo anular, la yugular de una mariposa sacrificada, el ojo del perro andaluz.
El ser deja de ser desde cualquier totalidad externa. No sabe qué es, no sabe que es. Dice ser. Asienta con la cabeza cuando en una encuesta responde a las preguntas adecuadas que le dicen qué o quién es. Afirma sobre gustos y sobre colores, anota con entusiasmo sus preferencias y sus incomodidades. Le gusta la frutilla suspendida en el cielo de Venecia, le gusta la capa del superhéroe movida por el viento artificial del estudio, le gusta la matemática de los girasoles, le gusta reinvindicar todos los derechos humanos habidos y por haber, detrás de las piedras en el camino o bien cenando jaibas al ajillo en la mesa del insigne. Dice ser desde el ser desconocido y aparente y cuando ha de acumular cansancio antes de dormir. Mira al espejo, el espejo mira.
No son lo mismo, el ser que mira al espejo no es el ser que devuelve la mirada desde el espejo. Son dos seres que han estado jugando al huevo y la gallina, o bien a la máscara de hierro o al buen impostor. Uno va a dormir, el otro queda atrapado en el objeto. No se sabe qué hace de noche, no se sabe si duerme o si se construye para el nuevo día. No se sabe si sigue una rutina para mostrarse al amanecer, sonriente, lozano, o con ojeras, la frente marchita, el tango sonando despacio en la mente.
Uno saldrá, el otro se queda. Los seres del ser, que se pasan la vida indagándose en el fondo, a veces con decidida gana de conocer y otras veces con una apenas curiosidad de saber si se es o no, quien se cree ser. Es una cosa de nunca acabar. De nunca saber. Una cosa ontológica y compleja. Ser o no ser, o transcurrir sin querer saber.
Al fin de sendos años de apatía cognitiva, las indagaciones se hacen más profundas y a la vez más simples, se identifica el ruido, los ruidos. Se los separa. Se identifica los sobrantes, materiales y humanos, se los clasifica de mejor a peor, se hace una lista de amaneceres y de mejores atardeceres. Se elige las especias con aromas sostenidos, las que tienen esa fugacidad de lo intenso.
Se contempla a través de la ventana como si lo que se ve afuera fura imprescindible, hasta encontrar en lo que está afuera, esa imprescindibilidad necesaria. Para ser, finalmente el ser que se dice ser, toma de la totalidad, de cualquier cosa, de una montaña, de una palabra sagrada, de la humedad deseada; aquello en lo que ser e imagen en el espejo, estarán por fin de acuerdo.[ Por Óscar García]