La dicotomía civilización o barbarie es uno de los ejes sobre los que se ha construido a las repúblicas latinoamericanas.
Aparece expuesta por varios intelectuales del continente en el siglo XIX y se ha usado como una justificación de las “guerras de frontera” que se libraron a fines de este siglo para desplazar y aniquilar a los indígenas hasta de los últimos rincones del territorio en los que se habían guarecido, a fin de construir “Estados-nación” blanco-mestizos.
Supone que la civilización europea (racionalista, científica, urbana, higiénica y ordenada) es en un todo superior que la barbarie de los pueblos indígenas que en tres siglos de Colonia no se habían asimilado a la cultura dominante hispana.
Esta concepción se retroyecta para darle un sentido moderno a la colonización española, válida porque trajo el castellano, sin duda más estructurado e internacional; la religión católica, mucho más atendible y dulce que las creencias paganas; y el Estado como forma suprema e insuperable de organización política. (Véase los discursos del partido español VOX y de la política madrileña Isabel Díaz Ayuso).
Roberto Levillier, diplomático e historiador argentino que escribió muchos libros sobre la conquista y la colonia, según el diccionario, siempre “desde un punto de vista simpático a los conquistadores y desfavorable para los pueblos originarios”, es el autor del prólogo de la Historia de la conquista del oriente boliviano de Enrique Finot (1939). Él creía que “el indio representa en la tragedia que es toda transfiguración territorial el elemento conservador estático, enemigo a muerte del creador dinámico [el conquistador] empeñado en revolver el orden sagrado de la tradición y la rutina del clan”.
Era por eso, según Levillier, por reaccionarios, que los indios atacaban a “las huestes de Irala, de Chaves, de Manso, de Pérez de Zurita, de Suárez de Figueroa, las cinco figuras más ilustres de esta larga contienda” entre civilización y barbarie en Santa Cruz. Nada tenía que ver el que fueran un ejército extranjero irrumpiendo en sus hogares para reducirlos a la servidumbre.
Este clivaje contraponía al blanco como portador de la civilización y al indio como agente de la barbarie. Tanto en el oriente y el chaco bolivianos, como en Argentina, Uruguay y Chile, se resolvió mediante la desaparición física o política del polo “bárbaro”.
Otra fue la historia en el occidente de Bolivia (y en otros países que no vamos a tocar aquí), donde los indios habían tenido, al momento de la Conquista, los atributos que se valoraba en la civilización, como un Estado y un idioma general, pero sobre todo donde eran demasiado numerosos para que se pudiera pensar en otra cosa que en quitarles la tierra por medio de artimañas legales. En estos pagos, entonces, la dicotomía racista “civilización o barbarie” no se disolvió; se mantuvo latente durante el resto de la historia.
Y todavía surge de nuevo cada vez que hay un choque político entre las dos parcialidades que, muy transformadas y mestizadas, se mantienen hasta ahora, la de los (que son o se creen) descendientes de europeos y la de los descendientes de indígenas.
A lo largo de nuestra historia, los indígenas han exigido que la modernización que se iba dando en el país, y que la condición de “nacionales” que habían logrado en la guerra de la Independencia, los beneficiara también a ellos. Al mismo tiempo, a menudo se han opuesto (“sin motivo” según los “civilizados”) a las situaciones que los perjudicaban o que no podían aguantar.
En estas batallas, los indígenas, considerados como un colectivo, son colocados nuevamente en la casilla de la barbarie. La abismal diferencia de capital cultural y acceso a los medios de comunicación entre los dos bandos permite que así sea, ya que en esas condiciones resulta imposible disputar “lo que la mayoría piensa”, así consista en una ideología racista. Los indígenas resultan para esta mayoría, entonces, incomprensibles. Se condensan en la figura del “indio janiwa” (negador), que ha pasmado y desesperado a sus opresores a lo largo de toda la historia. Igual que el Bartleby de la literatura europea, el indio se planta en su “janiwa” –que es su “preferiría no hacerlo”– y nunca concede las explicaciones que le demandan.
“¿Por qué, por qué, por qué?”, preguntan con cierta violencia los “civilizados”. “Janiwa, janiwa, janiwa”, responden los “bárbaros”, que no pretenden librar una batalla por el sentido común que de todas formas perderían.
Se aferran, entonces, a sus afectos, que no tiene por qué ser inferiores al intelecto. Frente a la avasalladora marcha de la razón moderna, que muestra su real carácter al justificar y relativizar a través de sus intelectuales (algunos de ellos indígenas) el racismo con el que se los hiere en todas partes, interponen el cuerpo. Incluso cuando este puede ser fácilmente destrozado por las balas.
Así es como la dicotomía civilización o barbarie se confirma y también, quizá, se invierte.[ Por Fernando Molina]