Parece no pasar nada en las ojivas de los misiles nucleares. Están silentes, esperando, algo. Tampoco parece pasar mucho adentro de una lata de tomate procesado. Ahí, todo quieto, también esperando. A diferencia de Penélope, sin que pase nada. Desde el punto de vista del observador, porque es necesario para que algo ocurra, aparentemente no ocurre nada.
El observador también espera a que pase algo, allá, en una ojiva, en el interior de una conserva, en el corazón herido de un bosque inmóvil, en la amplitud aterrador y dulce del desierto más inhóspito del mundo. Sin embargo y pese al observador, la energía está en modo vibrante, se propaga, se mueve, ilumina, suena, cambia, todo el tiempo. Suele pasar también que quien observa, digamos a una persona, no se percate que también pueden cambiar sus formas de pensar, como todas las cosas que estarán pasando adentro de un bosque y que se supone que no pasan porque no hay nadie para hablar de esas experiencias.
En las personas también se mueven los pensamientos, se mueven los gustos, las disciplinas, las maneras de adaptarse a las circunstancias. No hay un día igual a otro, no hay un sonido igual a otro. Aunque, por supuesto, hay quienes, aun habiendo equivocado la lógica, se empecinan en intentar imponer la verdad personal a otras personas, sin detenerse, sin preguntar ni preguntarse. Entonces, el saber, la experiencia de la experiencia y la verdad, se convierten solo en instrumentos del poder, de cualquier poder, de todo poder. Quien observa ya no observa, impone, dicta, fractura, no le importa mentir.
Convierte los hechos en escándalo. Hace del escándalo una herramienta útil para unir los eslabones de una narrativa. Por eso, quien tiene la narrativa, tendrá el poder. Sea cual fuere. El hermano menor acusa a la hermana mayor de haberse comido la mermelada de guayaba. La tía compra la narrativa, la hermana llora, el hermano sonríe, tiene el poder, lo ejerce contra otras dos personas. Y crece, el hermano crece, se hace presidente de su curso en el colegio de dudosa reputación.
Acusa a su compañera de hacer trampa siempre, de usar la AI para responder sus pruebas, logra que sea expulsada. Era una amenaza. Ahora tiene el poder. Y crece más, cumple años, más años y se hace dirigente universitario. Acusa al Decano de su facultad de acoso, con la complicidad de unas compañeras a las que extorsiona por unas fotos en una fiesta, con él. Logra que el Decano sea destituido, se hace dirigente de la Federación de estudiantes. Y crece más.
Hace rato que dejó de observar porque aprendió que se vive mejor calculando. En lugar de observar, como un estratega, calcula, como un depredador pensante. Consigue un puesto en una repartición del Estado, le cuesta eso de trabajar, levantarse temprano, tomar desayuno, salir, esperar movilidad, lanzar una moneda para tentar a la suerte y jugar a que llega a tiempo o no, porque el tráfico vehicular en la ciudad es un sistema complejo como el humo. Se hace dirigente del sindicato. Logra, en poco tiempo, ser declarado en comisión general indefinida. Se dedica a calcular las narrativas que irán a desgastar otro poder, el del Estado.
No importa la dirección de las políticas, no importa el giro a cualquiera de los extremos, no importa ni siquiera la gente. Para el cálculo, la gente tiene, como las cosas, antes que dignidad, un precio. Se convierten en un medio, en un capital. Los mira, cuando salen a obedecer sus mandatos, desde lejos, desde arriba. Parece que nada se mueve, parece que nada está pasando. Ya no observa, calcula. Adentro de todas las cosas, algo se está moviendo. Invisible, constante, definitivo.[ Por Óscar García]