La escritora argentina Samanta Schweblin señala que las palabras tienen un poder de invocación tremendo, por ejemplo al decir “no hay una tetera sobre la mesa”, quien escucha estas palabras debe elegir en su imaginación una tetera –de la infinidad de imágenes que se tiene de una tetera– y luego –lo más impresionante– hacerla desaparecer. Entonces hay algo que sucede entre el enunciado “no hay una tetera sobre la mesa” y quien lee o escucha esa frase.
Cada sujeto tendrá su mesa, su tetera y su acto de desaparición. Insistamos con los ejemplos, Schweblin nos dice que si leemos “entró y dejó el paraguas junto a la puerta” cada uno elegirá su paraguas, su puerta, su mano que dejará el paraguas junto a la puerta, y todo ello solo es posible a partir de nuestro propio material vital. Así, cada palabra tiene una sombra, una manifestación concreta pero singular, que se resignifica con los materiales vitales que hemos acumulado de nuestra experiencia.
Lo que sucede entre el escritor y el lector puede llevarnos a lecturas distintas de un mismo texto. Recuerdo esto cuando leí el prólogo de Cesar Aira a “La metamorfosis” de Kafka. Aira cuestiona la carga de pesadilla depresiva con la que se interpreta el texto y menciona que a Kafka este relato le parecía humorístico, es decir, una comedia familiar de grandes y pequeñas cosas que suceden en el relato, como lo absurdo de preocuparse por dar una excusa para faltar al trabajo, entonces la lectura puede cambiar por lo que añade el lector.
En un tono similar, David Foster Wallace señalaba en una conferencia lo siguiente: “Algo que me frustra rotundamente cuando estoy intentando leer a Kafka ante estudiantes universitarios es que me resulta casi imposible hacerles ver que Kafka es gracioso”, y justamente la conferencia de Foster Wallace se tituló “Algunos comentarios sobre lo gracioso que es Kafka, de los cuales probablemente no he quitado bastante”.
Pero retornemos a aquello que sucede entre quien emite una frase, ya sea que la pronuncia o la escribe, y el que escucha o lee esa frase, pero esta vez en el plano político, cada mensaje, cada frase se interpreta y significa desde la carga vivencial de quien o quienes la escuchan o leen, no es lo mismo “no al aumento salarial” para quienes se libran de costearlo que para quienes dejan de recibirlo, y es allí donde sucede algo muy importante, ¿a quién va dirigido el mensaje político? Quién gobierna sabe para quién gobierna y para quién emite sus mensajes políticos. Solo con esta simple pregunta, de muchas otras que se pueden hacer respecto a la responsabilidad de los mensajes políticos, se desprende la comprensión sobre la naturaleza de un gobierno.
Para finalizar ¿cómo se entiende la frase “no hay un aumento salarial”? Quien la lee o escucha le corresponde elegir en su imaginación un aumento salarial –de la infinidad de aumentos que quisiera– y luego –lo más impresionante políticamente hablando– hacerlo desaparecer.[ Por Farit Rojas Tudela]