Hace unos días me pidieron completar uno de esos formularios que parecen inofensivos. Nombre, edad, profesión, estado civil… y, de pronto, una casilla tan sencilla como descomunal: «autoidentificación». Me quedé pensando. ¿De verdad cabemos en una palabra? ¿Somos apenas una nacionalidad, una profesión, una ideología o un apellido? Salí del formulario, pero la pregunta siguió acompañándome el resto del día. ¿Quién soy, en realidad?
No es una inquietud nueva. Hace más de dos mil años, el templo de Apolo en Delfos ya advertía: «Conócete a ti mismo.» Desde entonces, la filosofía, la psicología y la sociología no han dejado de perseguir esa respuesta. John Locke creyó encontrarla en la memoria cuando afirmó que somos la continuidad de aquello que recordamos haber vivido. David Hume fue más escéptico porque, para él, el yo no era una roca firme sino un río de sensaciones que nunca deja de cambiar.
Erik Erikson sostuvo que la identidad consiste en mantener un sentido de continuidad a lo largo de la vida, mientras Carl Jung recordaba que nadie llega a conocerse sin reconciliarse también con sus propias sombras.
Sin embargo, fueron los sociólogos quienes dieron un giro fascinante a la cuestión. George Herbert Mead explicó que nadie construye su identidad en aislamiento porque aprendemos quiénes somos gracias a la mirada de los otros. Charles Horton Cooley llamó a ese fenómeno el «yo espejo».
Terminamos viéndonos como imaginamos que nos ven los demás. Y Erving Goffman llevó la metáfora todavía más lejos al afirmar que la vida cotidiana se parece a un inmenso teatro donde todos representamos distintos personajes según el escenario, ya sea en la oficina, en la familia, entre amigos, o, quizás el más cuidadosamente maquillado, en las redes sociales.
Entonces comprendemos que la identidad no es un documento, ni una fotografía, ni una etiqueta. Es una narración. La historia que contamos sobre nosotros mismos y que los demás, consciente o inconscientemente, ayudan a escribir. Esa historia influye mucho más de lo que imaginamos.
Explica por qué nos sentimos inmediatamente cómodos con ciertas personas y profundamente incómodos con otras. Nos ayuda a entender por qué algunas amistades duran toda la vida mientras otras jamás llegan a florecer. Incluso el amor, ese territorio donde solemos atribuir todo a la química o al destino, tiene mucho de identidad. No solo elegimos a una persona, sino que también elegimos el tipo de persona que queremos ser a su lado.
Lo mismo ocurre con nuestras pasiones políticas.
Creemos que primero razonamos y luego elegimos una causa. En realidad, muchas veces sucede exactamente al revés. Defendemos aquellas ideas que fortalecen la comunidad con la que nos identificamos. Por eso un debate político rara vez termina convenciendo al adversario. Cambiar de opinión puede significar, para muchos, poner en riesgo la propia identidad.
También nuestras pequeñas costumbres hablan por nosotros. El libro que dejamos sobre la mesa, el café donde nos gusta conversar, la música que escuchamos al conducir, el equipo de fútbol que defendemos con una pasión casi irracional o la ciudad donde soñamos envejecer son piezas de ese rompecabezas invisible. Elegimos esas cosas porque expresan quiénes creemos ser y, al mismo tiempo, terminan convirtiéndose en parte de lo que somos.
Zygmunt Bauman advierte que vivimos tiempos de identidades líquidas. Nunca fue tan fácil cambiar de imagen, de trabajo, de ciudad o de opinión. Pero quizá nunca fue tan difícil construir una identidad firme, no rígida, sino lo bastante sólida para resistir el vértigo de una época que nos invita a reinventarnos cada mañana.
Al final, la identidad no se encuentra como quien descubre un objeto perdido.
Se va forjando lentamente, en la suma de nuestras decisiones, nuestras fidelidades, nuestras renuncias y nuestros afectos. Somos, en buena medida, el reflejo de quienes nos han amado, de quienes nos han desafiado y de quienes nos han obligado a pensar distinto.
Por eso la pregunta «¿quién soy?» nunca admite una respuesta definitiva. Cambia con cada experiencia, con cada encuentro y con cada despedida.
Quizá esa sea la mayor enseñanza de la sociología de la vida cotidiana. Vivimos creyendo que cada mañana nos miramos al espejo para reconocer nuestro rostro, cuando, en realidad, llevamos toda la vida mirándonos en el espejo de los otros para descubrir quiénes somos.[ Por Ricardo Paz Ballivián]
*Es sociólogo