En el pollo sinfónico, bar situado a medio camino entre el barrio de los balcones y el barrio entrópico alto, hay carteles varios. Unos de advertencia, como el que reza ¨no robe¨. No dice cuide sus pertenencias, porque la mayoría de personas que frecuentan el lugar provienen de distintas especialidades del hampa. Los más, rateros, de poca monta. La frase esa, de poca monta, se la usa como si se supiera perfectamente lo que significa, como tantas otras que no pasan por la curiosidad como un indicador de la creatividad.
Monta, hace cientos de años, se usaba en el comercio y la contabilidad como una cantidad total, como producto de una suma, montar, era sumar. Claro, su significado era un valor, monetario. Es así que con el tiempo se quedó en la lengua como una forma adquirida para designar algo, alguien, un grupo, un oficio, de poco valor. Los rateros, de todo aspecto, se juntaban en el pollo sinfónico, a compartir sus días y a pelearse más tarde.
Claro, al bar no asistían ni por si acaso, ministros y otras altas autoridades pues no califican en eso de poca monta, su categoría está por las nubes, en lo alto de los cielos, en lugares inalcanzables, insospechados, lejos, allá donde se fabrican las nubes. En el bar no se usaban ni vasos, ni botellas ni utensilio alguno que no fuera de plástico. Esto, para proteger a los clientes, de sí mismos. Algo así, sin decirlo, como que es por tu bien. Podían entonces acabar mal en las madrugadas, armando trifulcas en las cuales podían hasta ahorcarse pero no romperse botellas ni vasos.
Toda arma punzo cortante o lo que se le pareciera, era confiscada al ingresar. Eso era un ritual. Los objetos eran devueltos, en la calle, cuando los sujetos hubieran alcanzado un estado fuera del estado alterado anterior. A ese estado llegaban tras ingerir buenas cantidades de aguardientes variados y en varias presentaciones. Al principio importaba un poco la pinta, el color y el sabor de la bebida. Al cabo de un buen tiempo, ya no. Se cambiaba la calidad por la cantidad. Eso es un cambio cuantitativo, radicalmente opuesto al que se lee en la Cosmovisión andina como el verbo que implica un cambio cualitativo y está representado por el Allkamari, ave que contiene el blanco y negro, los contrarios que se complementan.
A veces, en el bar, confluían el ratero bueno y el ratero malo. El primero solo robaba a personas con apariencia de que una billetera con doscientos pesos no le iba a hacer mucha falta y eso, pensaba, lo hacía bueno. De hecho, tenía el razonamiento equivocado, o sesgado, puesto que su lógica implicaba que para ser pobre, no basta con solamente ser pobre, sino que hay que parecer pobre. Pero claro, tampoco se puede andar preguntando sobre los ingresos y gastos de la gente que a lo mejor no aparenta pobreza pero la vive. Y pasa. Este razonamiento, equivocado, para llegar a una conclusión errada, se lo suele llamar, como resultado, estupidez. Sin embargo y fuera del cerebro del ratero, funciona en infinidad de otros campos. Se lo usa, el razonamiento, para hablar del clima, de migración, de justicia, de vivienda, de planes y programas en la educación, en la salud, en el transporte urbano e interprovincial, en asuntos del amor y del romanticismo contemporáneo.
Al ratero malo, le da igual a quién roba, no tiene escrúpulos, es malo y punto. No intenta hacerse el bueno y vivir de buenista por el mundo. Es malo. Escucha al ladrón bueno exponer su punto de vista, un tanto atropellado, y cuando hubo terminado, se para, le dice, noooo, ni cagando. Y le planta un soberbio puñete en medio de la nariz.
[ Por Óscar García]