Hay escenas que, aunque hayan ocurrido hace dos mil años, parecen escritas ayer. Una de ellas es la del Evangelio de Juan en la que llevan ante Jesús a una mujer acusada de adulterio. Los acusadores, seguros de su superioridad moral, esperan que confirme el castigo. Jesús los mira y pronuncia una frase que ha atravesado los siglos: “Aquel que esté libre de pecado, que lance la primera piedra”.
Nadie se anima. Uno tras otro, los acusadores se retiran, comenzando, de manera significativa, por los más viejos. La anécdota contiene una de las grandes lecciones sobre la condición humana. Somos extraordinariamente rápidos para descubrir las faltas ajenas y sorprendentemente lentos para reconocer las propias. Juzgamos con una severidad que rara vez aplicamos a nosotros mismos. Nos escandaliza la mentira del otro, pero encontramos explicaciones para las propias, condenamos la intolerancia ajena, pero justificamos la nuestra cuando creemos tener razón, exigimos lealtad, pero llamamos “circunstancias” a nuestras propias traiciones.
Y así vamos por la vida, señalando con el dedo mientras olvidamos que, cuando apuntamos a alguien, otros tres dedos de nuestra propia mano nos señalan a nosotros.
La otra imagen evangélica es todavía más contundente: “¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo?”. La metáfora tiene una precisión casi intolerable. La paja ajena nos resulta visible, pero nuestra viga, en cambio, puede convivir tranquilamente con nosotros sin que consigamos verla. Quizá porque reconocer nuestras imperfecciones amenaza la imagen que hemos construido de nosotros mismos. El psicólogo Carl Rogers sostenía que una persona puede comenzar a cambiar cuando deja de defender permanentemente una imagen idealizada de sí misma y se aproxima, con honestidad, a lo que realmente es.
No somos solamente aquello que quisiéramos ser ni aquello que mostramos a los demás. Somos también nuestras contradicciones, nuestros miedos, nuestras inseguridades, nuestras mezquindades y esos defectos que preferimos atribuir al ambiente antes que reconocer como propios.
La sociología de la vida cotidiana nos enseña precisamente que buena parte de nuestra existencia transcurre en ese delicado escenario en el que representamos papeles ante los demás. Erving Goffman explicó cómo, en la interacción cotidiana, procuramos controlar la impresión que producimos en quienes nos rodean.
Nos presentamos como razonables, generosos, competentes, honestos, tolerantes. Y probablemente lo somos en alguna medida. Pero nadie es realmente el personaje que ha construido. Detrás de la fachada existe siempre un ser humano mucho más complejo y contradictorio. El problema reside en confundir nuestra representación con nuestra esencia y terminamos creyendo que somos aquello que pretendemos mostrar.
Entonces aparece el juicio. Necesitamos que el otro sea culpable para sentirnos inocentes, requerimos que sea mediocre para sentirnos superiores, exigimos encontrar sus defectos para dejar de mirar los nuestros. El juicio es así una forma de defensa personal.
También la psicología social ha mostrado que tendemos a explicar nuestras propias conductas a partir del contexto, mientras atribuimos las ajenas al carácter. Si llegamos tarde, fue el tráfico, una llamada inesperada o un problema familiar.
Si el otro llega tarde, es desconsiderado. Si levantamos la voz, estamos indignados, pero si lo hace el prójimo, es agresivo. Si cambiamos de opinión, hemos aprendido, más si lo hace el adversario, es oportunismo. Somos indulgentes fiscales de nosotros mismos y jueces implacables de los demás.
Pero hay algo todavía más profundo. Nadie sale indemne de la condición humana. Todos llevamos alguna herida que no mostramos, algún temor que disimulamos, alguna contradicción que nos avergüenza, alguna equivocación que quisiéramos borrar. Todos hemos dicho cosas que no debimos decir, hemos callado cuando debíamos hablar, hemos herido a alguien sin proponérnoslo y, en ocasiones, hemos dañado deliberadamente. Todos hemos sido injustos alguna vez. Todos hemos fallado. Por eso, las claves de una convivencia menos áspera son sin duda la empatía, la tolerancia y el perdón.
La empatía nos permite comprender, la tolerancia nos permite convivir y el perdón nos permite continuar. Quizá por eso aquella multitud del Evangelio se retiró en silencio. No porque la mujer hubiera dejado de ser culpable ante sus ojos, sino porque, de pronto, cada uno tuvo que enfrentarse con su propia conciencia. Y cuando uno se mira verdaderamente por dentro, resulta mucho más difícil arrojar piedras.
La vida cotidiana sería probablemente un poco más humana si antes de juzgar preguntáramos, aunque fuera por un instante: ¿y yo?
Somos seres imperfectos. Y tal vez esa no sea nuestra desgracia, sino nuestra condición compartida. La imperfección nos iguala allí donde el orgullo pretende diferenciarnos.
Nadie está completamente libre de pecado. Por eso, en lugar de vivir buscando culpables, quizá deberíamos aprender a mirarnos con un poco más de honestidad y a mirar al otro con un poco más de humanidad. Porque al final, para hacer de la vida cotidiana un lugar más habitable y de nuestras relaciones sociales algo verdaderamente productivo, no necesitamos seres celestiales.
Necesitamos personas capaces de comprender, tolerar, reconocer sus errores, pedir perdón y ofrecerlo.[ Por Ricardo Paz Ballivián]
*Es sociólogo