“Es extraña nuestra situación aquí en la Tierra. Cada uno de nosotros viene para una corta estancia, sin saber la razón, aunque a veces nos parece que hay en ello un propósito divino. Desde el punto de vista de la vida cotidiana, sin embargo, hay algo que sí conocemos: estamos aquí por el bien de los otros.» Así resumió Albert Einstein, el hombre que desentrañó los secretos del universo físico, el misterio más resistente de todos, el sentido de estar vivos. Y lo hizo con una respuesta que no pertenece a la física ni a la metafísica, sino a la sociología más elemental.
Aristóteles ya había intuido algo parecido veinticuatro siglos antes. Para él, el ser humano es un «zoon politikon», un animal que solo alcanza su plenitud, su eudaimonia, dentro de la polis, en compañía de otros. Quien pudiera vivir fuera de la sociedad, decía, sería una bestia o un dios, nunca un hombre completo. El propósito, en esta tradición, no se descubre mirando hacia adentro, se realiza actuando hacia afuera.
El sociólogo George Herbert Mead llevó esta intuición al terreno empírico. Sostuvo que el «yo» no preexiste a la sociedad esperando ser descubierto, sino que nace precisamente del intercambio con los demás. Nos vemos a nosotros mismos porque antes aprendimos a vernos con los ojos ajenos, asumiendo el papel del otro generalizado. No hay propósito individual anterior al vínculo social, el vínculo social es la condición de posibilidad de cualquier propósito.
Martin Buber distinguió dos maneras radicalmente distintas de estar en el mundo, la relación Yo-Ello, que trata al otro como objeto útil, y la relación Yo-Tú, que lo reconoce como presencia plena. Solo en esta segunda, decía Buber, el ser humano se realiza genuinamente. Emmanuel Levinas fue todavía más lejos, sostuvo que el rostro del otro nos interpela antes de cualquier razonamiento, nos hace responsables incluso antes de decidirlo. La ética, para Levinas, no es una rama de la filosofía sino su fundamento mismo, y nace del simple hecho de encontrarnos con otro ser humano.
La filosofía ubuntu, extendida en el sur de África, condensa esta misma idea en una fórmula que cualquier aymara o quechua reconocería sin esfuerzo, «umuntu ngumuntu ngabantu», soy persona porque somos personas. El individuo aislado, en esta cosmovisión, sencillamente no existe como categoría completa. Émile Durkheim, desde la sociología clásica, mostró algo complementario, las sociedades modernas se cohesionan justamente a través de la interdependencia funcional entre sus miembros, esa «solidaridad orgánica» donde cada uno, al cumplir su función específica, sostiene sin saberlo la vida de los demás.
Leonard Mlodinow, en el capítulo cuarto de «Subliminal», aporta a esta tradición filosófica el respaldo de la neurociencia. Muestra que la necesidad humana de vínculo no es un simple lujo cultural, sino una programación evolutiva inscrita en la estructura cerebral. Los estudios que revisa indican que el rechazo social activa las mismas regiones cerebrales que el dolor físico, y que el aislamiento prolongado deteriora la salud con una fuerza comparable a la de fumar o la obesidad. Somos, literalmente, animales diseñados para necesitar a otros, ser social no es una virtud opcional que algunos cultivan y otros no, es una condición biológica de la que ningún ser humano escapa.
Vivimos, sin embargo, tiempos que invierten esta lógica milenaria. La cultura del desarrollo personal contemporáneo suele prometer que el propósito se encuentra meditando, viajando o escuchando a un gurú de turno, como si fuera un tesoro enterrado en el interior de cada individuo. Toda la tradición filosófica y sociológica a la que hice referencia líneas arriba, sugiere exactamente lo contrario. El propósito no se encuentra, más bien se ejerce, y siempre en relación con otros, cuidando a un hijo, enseñando a un alumno, ayudando a un vecino o sosteniendo a un amigo en su hora difícil.
Quizá por eso la pregunta correcta nunca fue «cuál es mi propósito» sino «para quién soy útil hoy». Einstein, que pasó su vida contemplando galaxias y ecuaciones, terminó encontrando la respuesta más humana de todas, en la vereda de enfrente, en el rostro del otro. Nuestra breve estancia en la Tierra, extraña e inexplicable como la describió, cobra sentido exactamente ahí, en el instante minúsculo y cotidiano en que decidimos vivir para alguien más que para nosotros mismos.[ Por Ricardo Paz Ballivián]
*Es sociólogo