El populismo, a diferencia de lo que se cree, no es un mal de los países pobres. Lo es también y, de manera creciente, del mundo en desarrollo.
Piénsese en los casos de líderes como Donald Trump, en Estados Unidos, o Marine Le Pen, en Francia, ambos altamente populares en sus respectivos países, más aún gracias a la reacción que han conseguido los ataques terroristas en París, Francia, y San Bernardino, EEUU, atribuidos a grupos militantes islamistas fundamentalistas. Es un populismo conservador de la peor especie, que rechaza a los migrantes y atribuye a los "otros” (los extranjeros, los "diferentes”, otros gobiernos, etc.) los problemas que sus propias sociedades enfrentan.
Pero no son los únicos, el mal del populismo se está extendiendo también por Europa y los partidos antiinmigrantes lideran encuestas en países generalmente progresistas y liberales, como Suecia, Holanda y Dinamarca.
En Suecia, un país en el que esta tendencia política era marginal, ahora está en alza. Durante años, ese país se enorgullecía de aceptar elevados números de refugiados. Y ahora, como reacción a la llegada de miles de migrantes sirios, que escapan de la guerra y la pobreza, el partido SD, que en el pasado tuvo nexos con grupos nazis, tiene un 20% de respaldo. En las elecciones del año pasado ganó el 13% de los sufragios, un fuerte alza del 2,9% que obtuvo en 2006.
En Polonia los electores han echado a un gobierno centrista pro europeo y han elegido a uno de derecha, de corte religioso e intolerante.
En Italia, la crisis migratoria ha impulsado a Matteo Salvini, joven líder de la secesionista Liga Norte, que hace campaña específicamente aprovechando el sentimiento anti-inmigrante. De ese país habría que recordar al populista conservador más importante de los últimos tiempos, Silvio Berlusconi, quien avergonzó a su país y lo llevó a una crisis moral y económica de graves consecuencias.
Estos movimientos europeos, que solían ser marginales, carentes de credibilidad, y eran apoyados en general por obreros o sectores sin educación universitaria, ahora se están ubicando en posiciones principales de la política de sus países. Lo han logrado gracias a la crisis migratoria, a la baja del euro y a las dificultades financieras por las que atraviesa Europa.
Esos partidos y líderes populistas son xenófobos y racistas, muchas veces de manera abierta. Se montan en un sentimiento popular de temor por el futuro y se aprovechan de ello para acusar de los males de sus países a los migrantes, a otros países y en general a lo que llaman una "democracia excesivamente tolerante”.